miércoles, 2 de julio de 2014

Sandra

     Sandra tenía la costumbre de pasarse los dedos por la comisura de sus ojos cuando estaba aburrida. Con el pulgar se rozaba después las yemas de los dedos y caía una costrita a veces. A partir de ese momento uno podía estar seguro de que la muchacha no te estaba pelando. Su ademán era tan sutil que hasta tenía algo de gracia. A mi me volvía loco. 
     Nos solíamos ver por las tarde-noches en la avenida Quevedo, donde trabajábamos. Habíamos sido presentados por una amiga en común a quién ambos queríamos mucho. De ahí que seguía que debíamos ser amigos. Sin mayores formalidades, yo la esperaba en la puerta de su oficina y caminábamos por entre las banquetas rotas y oscuras de Coyoacán. Ella caminaba lento lento.
   Por aquel tiempo andaba yo en una notaría. Era un lugar al que llegaba de buen humor, energizado, y salía en ruinas. Ella trabajaba en un despacho, cosa que le era indiferente. Habíamos conseguido estos trabajos cada quién por algún familiar, así que había que quedar bien. Pero esa coincidencia no significaba nada. 
   Para ir al metro agarrábamos el trolebús en una esquina, que nos aventaba en Avenida Universidad. Ir al norte siempre me pareció una cuesta arriba. Además, había que abrirse paso por entre la gente en hora pico. Era un hacinamiento espantoso. En vez de irse en el vagón de las mujeres, Sandra se solidarizaba conmigo. Me animaba un poco ver cómo los hombres la miraban hacia arriba, sus cabecitas a la altura de sus pechos.  Su casa me quedaba de paso y yo la dejaba en la puerta. De ahí, me restaban otros veinte minutos a pata. 
     Me daba coraje que Sandra se sacara las lagañas cuando yo le estaba contando algo. ¿Me considerara un tipo aburrido? Era lo que me faltaba. Que alguien sensible como yo me confirmara lo que me trataba de convencer hora tras hora en esa notaría. Yo tenía una vida interior —leía novelas—. El tedio NO me había cambiado. 
    A Sandra no la consideraba una tipa muy inteligente. Quizá por eso sus jefes la amaban. La imaginaba dócil en todos los sentidos. Pero cuando se interesaba en algo, sus grandes ojos negros se abrían como para devorarlo. La sacaba del sopor, ese que predomina después de las cinco en las oficinas. Aveces algo de mi plática la interesaba, y yo era feliz. Ahí sí no se sacaba lagañas de los ojos. 
     Nos veíamos también los fines de semana, cuando nuestra amiga en común organizaba una cena en su casa o una salida al centro. Como vivíamos cerca el uno del otro, llegábamos juntos, sin realmente planearlo —teníamos el extraño hábito de la puntualidad—. Fue una de las razones por la que la gente nos empezó asociar como una unidad, como si Sandra fuera mi novia en secreto. Tales alusiones —en tono de burla hacia mí— ni me halagaban ni molestaban. Era una chava sin complicaciones, y bueno, todos somos un poco diferentes, ¿no? Además, ella me dejaba muy abajo. Una noche en el trolebús, me di cuenta de que no veía a nadie tanto como a ella. Eso me llenó de mucha tristeza, no sé por qué. 
     Ella nunca habló de novios. No estaba fea, pero supongo que ser alta, para una mujer, genera ciertas complicaciones. De hecho, nunca hizo referencia a hombre alguno, lo que me hizo pensar que en esos momentos yo era quizá lo suficiente como para rellenar ese vacío. O que era lesbiana. Pero esto último es una estupidez mía. 
     Al llegar a casa, por la noche, me ponía a buscar chicas en internet. Iniciaba conversaciones con cualquiera. Mi criterio era buscar alguien que físicamente se viera similar a mí. Escribía los "hola :)" más desesperanzados de mi repertorio y entablaba conversaciones según yo ingeniosas, que luego no llevaban a nada. Me daba cuenta de ello a las casi tres de la mañana. Algo andaba muy mal. 
     Un día, en el trolebús, Sandra me dijo que la querían mandar a Querétaro. Reaccioné como si fuera el otro lado del mundo. ¡Querétaro! Juro que lo primero que pensé fue casetas de cobro.
     —¿Y qué van a decir tus papás? —pregunté, como un idiota. 
     —Allá me necesitan. 
     Eso me era difícil de creer. Pensé en darle argumentos en contra, pero me dí cuenta de que no sabía nada de lo que ella quería. 
     — Me voy en una semana—dijo y sonrió.
     Las cosas en mi trabajo se vinieron abajo. Aparecieron errores en escrituras. Unos, parecían adrede. Me pidieron mi renuncia tres semanas después de su partida. Anduve vagando un poco, pensando en muchas cosas y en nada. Se me fueron mis ahorros. De pronto me contrataron en otro trabajo donde se portaban bien conmigo y hasta salía temprano (me lo consiguió mi amiga). Comencé a hacer ejercicio y a irme a la cama a la medianoche. Cumplí treinta y los celebré con nuevos ánimos en casa de mi misma amiga, a la que sigo queriendo mucho. Sandra no fue invitada.
     Un día de primavera, más de un año sin verla, me sorprendí comprando un boleto a Querétaro. En efecto, ella seguía en la misma empresa. Reservé un cuarto con una cama doble en un hotel de tres estrellas, y me senté afuera de su trabajo a esperarla. Una hora después, la reconocí por el particular ritmo de caminar —plácido— como si la moviera el viento. Les sacaba casi una cabeza a los demás peatones. La seguí de cerca por detrás, el corazón casi saliéndoseme por la emoción de la inminencia. Entonces me di cuenta en ese momento no sólo cuánto la había deseado, sino que la quería. 
     —¡Sandra!
     Pero ningún sonido salió de mi boca. La seguí por varias cuadras, cada vez más despacio, su cabeza navegando a su ritmo en ese mar de las siete, hasta que se perdió entre la gente. Esa misma noche decidí regresar al DF y nunca volver a buscarla.

     Me acuerdo que aquella última tarde-noche en que caminamos juntos por Coyoacán, justo antes de irse a Querétaro, ella hablaba mucho. No sé de qué. Se le notaba nerviosa y emocionada, y yo andaba molesto con algo del trabajo.
      — ¡Fíjate o te vas a caer! —le dije.
     Ella entonces se me acercó y me tomó del brazo.
     — Vamos a estar bien.
     El trolebus esperaba en la esquina.

miércoles, 25 de junio de 2014

Amor de regios...

Qui onda miamor,
On taz que no te veo
Dime, compae,
Por qué no me tiró un pedo
Yo bien que le aventé la onda
Uta, cómo la quiero!
La quiero bien
Sabes que no es puro pedo
La quiero tipo bien bien bien
Todavía me acuerdo
     Y me duele
         Un huevo


—Abril, 2011