lunes, 27 de octubre de 2014

La maleta

   Son las once de la noche cuando iniciamos el descenso. Se ha retrasado más de tres horas. Tengo el pendiente de mi mujer y de los peques, que me deben estar esperando. Y yo sin batería en el celular. La azafata destranca la puerta, y yo me abro paso a toda velocidad, siendo el primero de economy en salir. En el inter mi maletín golpea algo hueco. Era un niño.
   Corro a la cinta de equipaje, que se mueve pese a estar vacía. La gente se abulta de inmediato, y reconozco algunas caras entre los forcejeos. «Vulgares», me parecen ahora, fuera de la cabina. Un niño llora y su madre me mira con desprecio.
   Media hora después pasa la última maleta frente a mí y veo cómo se la lleva la joven a la que le cambié ventana por pasillo. Una empleada de la aerolínea se me acerca y pregunta con un tono chillón que si todo estaba bien.
   –Y, ¿tú qué crees? Si estuviera bien, yo ya estaría en mi casa. ¿Si me explico?
   Ella da un paso atrás.
   –Sí, entendemos su preocupación, y le ofrecemos sinceras disculpas –dice y junta las manos sobre su pecho, como si apuntara a su escote. Luego me toma del codo: –Venga conmigo para asentar el extravío –se detiene y me mira a los ojos:–. Descríbamela.
–¿Qué!
Ríe.
–La maleta.
–Es cuadrada, negra, de tela… como todas… –digo, mientras meneo la cabeza hacia los lados–. Tiene candado y para abrirse se necesita la llavecita. Esta.
–Ah, bien. Bueno, estamos haciendo todo lo posible para localizar su pertenencia. Quédese tranquilo, que TODO estará bien.
   No alcanzo el servicio de shuttle. Tan pronto pasa la medianoche, el aeropuerto se transforma. Se vuelve un lugar hostil. Las puertas metálicas de las tiendas se cierran y le dan un aspecto inhóspito. Los propios viajeros se ven demacrados, ya no sé si por cansancio y por ansias de llegar a algún lado. 
   Los codos chocan en la línea de espera para los taxis, pero a estas alturas ya estamos más allá del «perdón». Media hora después, es mi turno de subir a un taxi. La puerta no abre. Al chofer parece molestarle tener que alargar el brazo para jalar la palanca. Soy un fastidio. Todavía no me termino de acomodar en el asiento cuando dicta un precio, uno absurdo. Pero yo no tengo los ánimos para negociar.
   El movimiento me calma. Es como si la autopista y las luces de la ciudad me arrullaran. El aire dentro del vehículo es cálido e íntimo con un ligero toque a boca sucia. Sí, quizá sea mejor abrir una rendija. Respirar el aire de mi ciudad. Aun cuando no se distinguen los edificios ni las montañas, sé que estoy aquí. La radio suena, y me reconozco en el acento del locutor. Me bajo la cremallera y me dejo hundir en el asiento desgastado del taxi. Arriba, la luna, ya no es bella. Sólo es bella temprano en la noche.
   Cerca de mi colonia, empiezo a repasar lo que tenía dentro de esa maleta. Mi traje; unas camisas; corbatas; la rasuradora; cepillo de dientes; el cargador (…uta); regalos para mi hijo y mi mujer. En la bolsa externa había metido los papeles. –Buen lunes–imagino a mi jefe como diciéndome, con su tonito sarcástico que a todos nos encanta.
   El chofer me deja a dos cuadras de mi casa. «Es que su calle es de un solo sentido, jefe». No me bajo sino una vez que me ha regresado hasta la última moneda de mi cambio. Él arranca y el barrio y yo quedamos en silencio. ¡Ya!
   En la puerta principal de la casa hay un papel verde fosforescente. En él veo en crayola: «bienbenido papa» y una casita, un árbol, un coche, una llave––
   Las llaves.
   Siempre las guardo para no perderlas. En la maleta.
   Dejo caer el maletín al piso y me apuro a timbrar: una vez. Nada. Otra vez. Algo ladra. Otra vez.
   Nada.
   Entonces insisto hasta que me duelen los nudillos. Luego uso una moneda contra el vidrio. El estruendo es tal que hasta a mí me parece un tanto agresivo. Pero ya quiero entrar. Van a ser las dos de la mañana.
   ¿Se habrá dormido ya? De pronto veo que se enciende la luz en nuestro cuarto.
   –¿Marce?¡Soy yo!¡Marce!
   Nada.
   Con la mano izquierda timbro, y con la derecha, golpeo la puerta con la moneda. «Cómo puede ser que no me escuche».
   Cuando se apaga la luz, empiezo a gritar y a patear la puerta. Una punzada de dolor me traspasa todo el cuerpo por la columna. Entonces me detengo y maldigo a mi mujer. «Pinche Marcela».
   Me siento en el escalón frente a la puerta y repaso todo que me ha pasado hasta ahora. Hace fresco, pero yo estoy calentado. En unas horas tendré que ir a la oficina. En ese momento se me antoja tanto un cigarro.
   Miro la casa. Qué tranquilidad. «Mil novecientos noventaiséis», se me sale. La habíamos comprado ese año: mil novecientos noventaiséis. Me pareció un tanto presuntuosa. Pero a Marcela le gustaba. Que la luz y que el color celeste. Las ventanas estaban todas enrejadas, y no había acceso al patio desde enfrente. La ventana del baño estaba abierta, pero no veo forma de llegar hasta allá arriba. «Impenetrable».
   Imagino que enciendo un cigarro y que le doy una bocanada larga. Pienso que si el taxista no me hubiera cobrado un ojo de la cara, me hubiera alcanzado para tres cajetillas. «Pero no fumas desde hace cuatro años».
   Curioso que un pedazo de madera –una puerta– puede interponerse yo y mi cama, mi baño y mi mujer. Una corriente de aire fresco hace que me suba la cremallera.
   Me debo ir a un hotel pero no quiero irme a un hotel. Quiero dormir en mi cama. En mi mano descubro que he estado sosteniendo todo este tiempo a mi celular sin pila. Me levanto y empiezo a caminar hacia la avenida.  
   Mientras camino, pienso que mi mujer debe de haberse ido a la cama furiosa. «Encabronada» es la palabra. Odia que me manden los fines de semana. Dice que no me doy a respetar. No es eso. «Entonces, no le das la prioridad a tu familia». Marcela.
   Un perro me ladra desde detrás de una puerta y me da susto horrible. En eso siento que la cólera regresa. Cómo es posible que esté yo afuera. Después de todo lo que hago «por esa pinche casa».
   Un taxi pasa, pero no se detiene.
   Grito. Sí, sobre la avenida. Un vagabundo que dormía en el suelo responde con «qué, güey!>>, y me da otro susto horrible.
   Finalmente encuentro un motel. La Gran Muralla, se llama. Es muy obvio que es un motel que la gente usa para coger. Pido una habitación.
   –¿Cuántas horas? –pregunta una voz chillona por las rendijas de una ventanilla polarizada.
   Chasqueo los dientes y le digo: –Hasta las seis.
   Por la rendija me pasan una llave con un enorme llavero con forma de corazón.
   Al encontrar mi número en el pasillo, saco la llave que me hace bulto en el pantalón. La puerta se parece a la de mi casa. Entra perfectamente en la ranura, como si recién hubiera sido aceitada. Así debí haber entrado en mi casa hace dos horas. Por un instante pensé que encontraría a alguien adentro. A mi mujer. Pero nada.
   En la habitación hay un teléfono, pero prefiero hacerme un favor e ir directo a dormir. Para qué dar explicaciones a esas horas.
   El reloj en el buró marca las cuatro. Paso al baño y libero un ardiente chorro amarillo.
   –Se debe estar despertando la bebé ahora. Marcela estará levantándose y diciendo que soy un mal marido. Ya debe estar en la mecedora, echando pestes, Marcelita succionándole el pezón. El izquierdo.
   Esa imagen de ella, greñuda y desvelada, no sé por qué me hace sonreír. Le estiro al escusado.
   Me lavo los dientes con un cepillo que encontré a lado de unos condones extra sensitive, y mientras pienso en la maleta. Quizá esté en el fondo de un avión, o en un cuarto de algún aeropuerto. O se la llevó alguien. Un tipo que no tiene ni idea de que se equivocó, y que llegó a su casa, y que lo recibieron sus hijos y su mujer, a la que luego se llevó a la cama. A descansar.

   Después me meto entre las sábanas de la cama circular y me quedo profundamente dormido. 

martes, 14 de octubre de 2014

La historia de la cerilla de oro

   Había una vez un río en China del que la gente decía que corría oro por su cauce. Difícil era y ha sido siempre distinguir entre verdad y mentira. Y más en China, que siempre ha sido muy dada a falsedades.
   Un hombre iba a ese río cada semana, a buscar oro que le diera una mejor vida. Semana tras semana volvía con las manos vacías, y la gente de su pueblo se burlaba de él, porque a la gente le gusta burlarse de los ambiciosos. Pero él, empedernido, seguía yendo.
   Un día, no encontró oro sino que cayó al río. El cauce lo arrastró y estuvo a punto de morir cuatro veces. En la vida se había llevado semejante espanto. Llegó a casa empapado, no sin que antes alguien se hubiera burlado. Después de un baño, se fue a la cama, y su mujer pensó que al fin dejará ese maña de malgastar el tiempo en el río, en vez de estar con ella, por ejemplo.
   El hombre le despertó esa noche una leve molestia. Le picaba algo en el oído. Entonces recordó el río y pensó en la posibilidad de que se le haya metido un bicho. Se metió su pequeña espátula, que usa precisamente para limpiarse el oído, y escarbó con sumo cuidado. De su oído salió una pequeña pepita de oro. ¡Oro! Lo vio y lo supo de inmediato. Ahí estaba lo que siempre había anhelado. Se le salió un pequeño grito de emoción, pero luego logró contenerse. No emitió palabra alguna que lo delatara. Detrás de él reposaba su mujer. Pensó: "mejor esconderlo sin no decirle". Lo que sí hizo fue saltar de emoción sobre su mujer, y ahí mismo la poseyó, sacándola de un sueño profundo para meterse en sus profundidades.
   En todo el pueblo jamás se habían escuchado gritos semejantes.
   Al día siguiente, el hombre no fue al sembradío sino que agarró camino hacia el río. Estuvo buscando oro, pero sin suerte. Regresó decepcionado a su casa, maldiciendo la corta vida de su suerte.
   Durmió mal.
   Despertó y de nuevo se fue al río. Y en un ataque de ansias, volvió a caer al río. El agua lo arrastró y casi muere cuatro veces. Logró salir y caminó triste de vuelta a casa.
   Esa noche, le despertó una molestia en el oído. Se pasó rápido la espátula. ¡Oro! ¡Ahora sabía el secreto! Sin decir palabra, saltó sobre su mujer y de nuevo hizo suya a la pobre.
   Empezó a acumular oro, a base de repetir el mismo proceso.
   Un día, tiempo después, su mujer lo recibió con la sorpresa de que iban a tener un chinito. Se iban a convertir en papás. El hombre sintió alegría pero también sintió miedo.
   Esa noche se escabulló al río y se echó un clavado. Regresó a su casa titiritado de frío. Cuando se metió la espátula, no encontró oro.
   Al día siguiente, volvió a ir. Pero tampoco. Y peor: en su desesperación se había perforado el tímpano. Le dolió pero más le dolió la posibilidad  de que había perdido su mina de oro.
   Al tercer día de la noticia, volvió a intentarlo.
   Esa noche no volvió a casa.
   Fue buscado pero no encontrado.
   El rastro desaparecía en el río. Pensaron que quizá estaría borracho y que habría caído al agua por accidente.
   Su mujer sufrió mucho con la noticia. Meses después dio a luz, y luego se volvió a casar.
   Dije que "había una vez un río", porque ese río ya no existe, y no queda ni rastro de dónde pudo haber estado, porque así muchas cosas que eran en China, se han perdido para siempre.