miércoles, 6 de agosto de 2014

Mei

   Mei tenía diecisiete años cuando fue a un bar. Era la primera vez que se aventuraba a uno de esos lugares a los que una niña preparatoriana no debía ir. Le estaba prohibido acercase a la calle de Yan'An, la podrida Yan'An. Bastaba que alguien te viera y te reportara a tus maestros para ser una apestosa y ganarte una expulsión humillante. Las probabilidades de encontrarse a alguien eran altas pues todos iban a tomar ahí, incluidos los maestros. Sí, que sería de la ciudad si no tuviera a Yan'An.
   La llevaba Fengrui, que tenía los dieciocho cumplidos y ya había sido besada. Ella había salido unas veces con sus primas, las cuales iban a la universidad y no vivían en dormitorio. Hacían lo que querían, se rumoraba. Fengrui quería no ser la mocosa del grupo, y decidió llevar a una más inexperta.
   El bar se llamaba U2 y para llegar a él había que bajar las escaleras a un sótano. Fue un jueves lluvioso, y la miasma de Yan'An se pegaba al cuerpo y te hacía sudar. Había que tener cuidado de que nadie las viera. No querían sabotear sus admisiones a la universidad de la provincia.
   --Les he contado todo sobre ti --le había dicho Fengrui.
   Mei era una chica sin rasgos en especial, a su propio parecer. Tenía el cuerpo delgado, los pechos pequeños, y un fleco denso, como cualquier otra china promedio. El único rasgo distintivo era una marca de nacimiento en su cara, justo debajo de su ojo izquierdo, donde su piel se volvía violácea. Según decían, ese tipo de manchas iría creciendo con el tiempo, razón por la que la abuela le ordenaba casarse lo antes posible, mientras miraba a la madre de Mei con ojos de reproche. Algún pecado habrá cometido la madre, que ahora pagaba Mei.
   Fengrui, en cambio, era una chica muy atractiva. Lo que más resultaba no era su cuerpo, sino sus grandes ojos color miel. Además, se gastaba su dinero en un estilista que le habían recomendado sus primas. Actuaba valentonada para contrarrestar su tono oscuro de piel, para así no dar tiempo a la gente de considerarla una simple campesina.
   El bar vibraba con música tecno a todo volumen. Las mesas eran negras apenas visibles gracias a unos huevos luminosos en el centro. Mei no distinguía los rostros, sólo a penas se dibujaban con las brasas de los cigarros. Se sentaron y pidieron dos coca-colas. Al poco rato, un grupo de cuatro chicos se sentó con ellas. Fengrui estaba contentísima.
   Uno de ellos le preguntó a Mei quién era ella. Ella se volteó y dijo que era de educación empezar presentándose uno mismo. Tjin se rió en su cara y le echó el humo de su cigarro.
   --Estos lugares no son para colegialas --dijo Tjin--. Fengrui, lleva a tu hija a dormir.
   Mei no dijo nada, y pronto quedó fuera de la plática. Ella veía a Fengrui conversar con los hombres con toda naturalidad, como con las chicas del dormitorio. Había una intimidad que ella no sabía digerir, por no saber en qué consistía ni en qué se basaba. Le pasaron un vasito con cerveza y todos brindaron.
   Hacía tiempo que Mei despertaba por las mañanas sintiéndose abandonada, como si el mundo girase sin ella. En la superficie, parecía que todo seguía igual --clases, tareas, las idas al restaurante, hasta las mismas conversaciones--, pero ella notaba que algo se movía en las profundidades, y que las vidas de cada uno de ellos cambiaría drásticamente a partir de entonces, hacia el destino.
   Mei despertó al siguiente día con dolor de cabeza. Habían logrado escabullirse de vuelta al dormitorio a primera hora, sin que los guardias se dieran cuenta. Tuvo por varios días un nuevo sabor en la boca, como a maíz mezclado con cigarro. Lo aceptó como se acepta de pronto tener dieciocho años.
   Noches como aquella se repitieron varias veces ese verano. Un día, Tjin le dijo a Mei que se vieran en la plaza de la ciudad.
   --Ven tú sola --le aclaró.
   Para entonces, Mei había vislumbrado por momento lo mucho que le faltaba conocer. Era curioso que justo cuando debía sentirse una adulta, se había descubierto una niña. Lo nuevo le intrigaba, ya por envidia de Fengrui, ya por orgullo. Ella tenía que saber. Entonces fue a la plaza.
   Tjin la llevó a cenar, y luego a su cuarto en un edificio nuevo que se veía viejo. Él compartía el apartamento con otros dos chicos, que no estaban. Las superficies estaban llenas de basura, y sobre ella, una capa de polvo y ceniza de cigarro. Su cuarto era pequeño, pero una pared tenía un enorme espejo por el que se reflejaba el exterior de la ventana. Tjin había ladeado ese espejo, y se alcanzaban a ver no las estrellas sino las luces de la ciudad.        Esa vez, no pasó nada. Pero para la cuarta visita, Mei hizo el amor por primera vez, sobre el petate, mirando por veces a Tjin y las demás a la ciudad. Luego lloró lo que tuvo que llorar, hasta que se le quitó. Por la mañana lo volvieron a hacer.
   Mei inventaba a sus papás que se iba a casa de Fengrui a dormir. Eso implicaba que Fengrui tendría que saberlo todo. Con eso, Mei perdía la leve ventaja que tenía sobre su amiga en cuanto a know-how. En realidad, no era nada que Fengrui no supiera. Ella también se había acostado con Tjin y había sido su primera vez.
   El mes antes de empezar la universidad, Fengrui dejó de ver a Mei. Pensó que quizá Mei se había enamorado de Tjin y se había enterado de que habían sido amantes. Un día, en el mercado de verduras, al que nunca iba, se topó a Mei. Fengrui le levantó las cejas. Mei puso su dedo en la boca, y se perdió entre la gente. Horas después, Mei le llamó.
   --Estoy embarazada.
   Fengrui se sintió vencida: por un minuto no supo qué decir. Así que esas cosas pasan.
   --¿Lo sabe Tjin? --preguntó Fengrui.
   --Sí.
   --¿Qué harán?
   --El martes vamos a una clínica. --y colgó.
   Los papás de Mei nunca supieron, hasta que ella les dijo. Para entonces ya habían pasado dos semanas. La razón por la que les dijo fue que Mei se sentía miserable. Tjin la había dejado, pero eso no era nada comparado con el vacío que sentía a la altura del vientre. Juraba que le dolía algo que debían ser sus ovarios.
   El padre de Mei se levantó de la mesa y le soltó una cachetada que la tumbó. Su madre no paraba de llorar.
   --¿Qué le has hecho a mi nieto? --aullaba.
   Pese a todo, Mei se sintió mejor esa noche, cuando se limpiaba la cara enrojecida en el baño. Algo más grande aún que sus entrañas se había roto. Vio en el espejo reflejadas las luces de la ciudad que entraban por la ventana. En la madrugada tomó un tren a Beijing, para no volver.

Borrador: Marta

   Marta despierta a las ocho treinta de la mañana. Ha soñado de más y la cabeza le da vueltas. Dormiría otra hora, pero prefiere levantarse antes de que lo haga su papá. Es una mañana soleada, y ya preciente como calorón va haciéndose de su cuarto. 
   --¿Marta! --oye gritar desde abajo.
   -- ¡Qué?
   Se quita el camisón frente al espejo. Mira su cuerpo en ropa interior. Una bonita sonrisa. Una mujer. Su hermana sale del baño y se le escapa una risilla. Marta sigue viéndose a los ojos. Ojos grandes,  oscuros como su pelo. 
   --Parece que estás en una película. Alégrate: es viernes --dice Elvira.
   Una hora después ya está terminando su desayuno. Elvira hace huevo con jamón. A Marta le toca lavar los trastes. Después vuelve a su cuarto, y prende su portátil. Checa su correo, y dice ponerse a ver sus pendientes pero en realidad abre Facebook.
   Al poco rato pasa su papá por la puerta.
   --Ah, estás aquí. Hay que ir a pagar el teléfono.
   Marta estudió mercadotecnia en una de las universidades locales. Era conocida como una tipa de futuro prometedor. Los concursos se los llevaba ella con su equipo, Juve, Caty, el Buen Nacho y Gaby, gracias el binomio que hacían Juve y ella. Los disparates del Juve, era Marta quien las materializaba. En el último mes de la carrera, Juve le dijo a Marta todo lo que le tenía que decir. Desde entonces se les ve cada sábado caminando de la mano por el Centrito, los dos con los lentes de sol, como dos niños que juegan a ser novios. 
   La vida de ciudad les sentaba bien. Les gustaba el cine de arte los domingos, las empanadas argentinas entre semana, un trago los viernes. La ciudad estaba en boom, y les ofrecía bares nuevos cada mes. Había trabajo, dinero, gente. 
   Después de la graduación, a Marta la contrataron pronto en una agencia de publicidad. Era pequeña, pero eso prometía que le pasarían más responsabilidades. Además, necesitaba el dinero. Sus papás se habían encargado de hacerle creer que nunca las cosas iban bien en casa. Pero el trabajo no resultó como uno quisiera. Descubrió que sus ideas no eran consideradas. Los jefes proponían soluciones mediocres, y, año y medio después, disolvieron la sociedad. Marta se quedó sin trabajo.
   Por varios meses vivió de algunos ahorros. Las salidas con Juve continuaron como si nada. La búsqueda de empleo empezó despacio, pero ella lo que quería en el fondo era tener su propia agencia. Tenía algunos contactos. Le faltaba la iniciativa, la que antes siempre había caído en Juve.
   --Todo lo que he visto es una mierda --se quejaba con Juve, desde el asiento del copiloto.
   Juve era uno de esos tipos que te caen bien y que, además, les quieren caer bien. Sus ocurrencias eran bien recibidas en el medio. Consiguió trabajo en un despacho nacional, y se fue volviendo indispensable. Sin embargo, pronto le pasó lo que a Marta. Vio que la mentalidad de sus jefes era un lastre. Una vez intentó renunciar pero lo amarraron con un cheque más gordo. Cometió el error de comprarse un carro nuevo, ropa y la membresía de un gimnasio. Fue poco después de eso, Marta perdió su trabajo. Entonces necesitaría de esos cheques para mantenerlos a los dos.
   De vez en cuando, Marta hacía proyectos que le pasaba algún familiar o amigo. Los hacía desde su casa, pese a que estar todo el día ahí le era un suplicio. Su papá se paseaba como león encerrado en casa, en espera de que le llamaran de la televisora para un trabajo. Él no podía entender que su hija estuviera ocupada estando en casa. 
   --Voy a pagar el teléfono en la tarde --le contestó, de vuelta a ese día.
   Pensó que su madre había corrido mejor suerte. Ella trabajaba todo el día. Cerró la puerta de su cuarto. La cama estaba todavía deshecha, algunos peluches en el suelo. Abrió la ventana para que entrara algo de aire nuevo. Afuera, la ciudad hacía su bullicio y ella no se sentía parte de nada.
   -- Hoy no puedo ir a tu casa a comer. Una junta. Te veo por la noche --escribió Juve en un mensaje.
   Un pendiente menos, pensó Marta. 

   A las ocho treinta de la noche llegó Juve a su casa. Ella se había puesto un vestido largo color morado. Juve vestía un saco negro con un moño. Era la tercera boda a la que iban sólo este mes.
   --No quiero seguir trabajando para mis tíos. Es una vergüenza...
   --Pues sí. ¿Por qué no? ¿Qué necesitas? -- dijo Juve, sin despegar los ojos del frente.
   Ella lo vio y sintió su frialdad. 
   -- No sé... no sé cómo empezar... también necesito algo de dinero. Para empezar.
   Llegaron a la fiesta. Era un salón enorme, lleno de mesas con centros de mesa que consistían en ramas adornadas con esferas. Los pasaron a una mesa cerca de la pista de baile. Eugenio y Gaby ya estaban ahí. También Paty y su marido. Saludaron y tomaron asiento.