martes, 14 de octubre de 2014

La historia de la cerilla de oro

   Había una vez un río en China del que la gente decía que corría oro por su cauce. Difícil era y ha sido siempre distinguir entre verdad y mentira. Y más en China, que siempre ha sido muy dada a falsedades.
   Un hombre iba a ese río cada semana, a buscar oro que le diera una mejor vida. Semana tras semana volvía con las manos vacías, y la gente de su pueblo se burlaba de él, porque a la gente le gusta burlarse de los ambiciosos. Pero él, empedernido, seguía yendo.
   Un día, no encontró oro sino que cayó al río. El cauce lo arrastró y estuvo a punto de morir cuatro veces. En la vida se había llevado semejante espanto. Llegó a casa empapado, no sin que antes alguien se hubiera burlado. Después de un baño, se fue a la cama, y su mujer pensó que al fin dejará ese maña de malgastar el tiempo en el río, en vez de estar con ella, por ejemplo.
   El hombre le despertó esa noche una leve molestia. Le picaba algo en el oído. Entonces recordó el río y pensó en la posibilidad de que se le haya metido un bicho. Se metió su pequeña espátula, que usa precisamente para limpiarse el oído, y escarbó con sumo cuidado. De su oído salió una pequeña pepita de oro. ¡Oro! Lo vio y lo supo de inmediato. Ahí estaba lo que siempre había anhelado. Se le salió un pequeño grito de emoción, pero luego logró contenerse. No emitió palabra alguna que lo delatara. Detrás de él reposaba su mujer. Pensó: "mejor esconderlo sin no decirle". Lo que sí hizo fue saltar de emoción sobre su mujer, y ahí mismo la poseyó, sacándola de un sueño profundo para meterse en sus profundidades.
   En todo el pueblo jamás se habían escuchado gritos semejantes.
   Al día siguiente, el hombre no fue al sembradío sino que agarró camino hacia el río. Estuvo buscando oro, pero sin suerte. Regresó decepcionado a su casa, maldiciendo la corta vida de su suerte.
   Durmió mal.
   Despertó y de nuevo se fue al río. Y en un ataque de ansias, volvió a caer al río. El agua lo arrastró y casi muere cuatro veces. Logró salir y caminó triste de vuelta a casa.
   Esa noche, le despertó una molestia en el oído. Se pasó rápido la espátula. ¡Oro! ¡Ahora sabía el secreto! Sin decir palabra, saltó sobre su mujer y de nuevo hizo suya a la pobre.
   Empezó a acumular oro, a base de repetir el mismo proceso.
   Un día, tiempo después, su mujer lo recibió con la sorpresa de que iban a tener un chinito. Se iban a convertir en papás. El hombre sintió alegría pero también sintió miedo.
   Esa noche se escabulló al río y se echó un clavado. Regresó a su casa titiritado de frío. Cuando se metió la espátula, no encontró oro.
   Al día siguiente, volvió a ir. Pero tampoco. Y peor: en su desesperación se había perforado el tímpano. Le dolió pero más le dolió la posibilidad  de que había perdido su mina de oro.
   Al tercer día de la noticia, volvió a intentarlo.
   Esa noche no volvió a casa.
   Fue buscado pero no encontrado.
   El rastro desaparecía en el río. Pensaron que quizá estaría borracho y que habría caído al agua por accidente.
   Su mujer sufrió mucho con la noticia. Meses después dio a luz, y luego se volvió a casar.
   Dije que "había una vez un río", porque ese río ya no existe, y no queda ni rastro de dónde pudo haber estado, porque así muchas cosas que eran en China, se han perdido para siempre.

martes, 9 de septiembre de 2014

De velorios y palomillas

     Falleció una tía abuela, "así nada más", me dijo mi madre por teléfono. Pese a excusas de toda índole (incluida la de no poder dejar ni un día solo al gato), me vi obligado a hacer acto de presencia, por la salud anímica de mi señora madre. En los velorios --me explicó--, como en otros actos religiosos, la oración del mayor número de personas en el mismo lugar y al mismo tiempo tiene efectos buenisímos para las almas. "Y el alma de la tía era bien buena" (sic). Empaqué de inmediato y salí de mi apartamento en la Ciudad de México, no sin antes echarle un ojo de cuídate-de-pasarte-de-listo al gato. Llegué a San Juan esa tarde. 
     En la estación de autobuses pregunté, por no dejar, que sí de casualidad sabían en dónde iban a velar a una tal Doña Marta. El limpiador de baños me contestó que no sabía de ninguna Doña Marta que se les haya muerto recientemente, pero que debía ser en el San Cosme, la única funeraria del pueblo. Le agradecí comprándole un refresco de manzana que además vendía, y tomé un taxi a la San Cosme.
     --¿Viene a despedir a la Doña Yola?-- me dijo el taxista.
     -- No estoy seguro --respondí--. Vengo a despedir a mi Doña Marta, pero puede que su Doña Yole y mi Dona Martea sean la...
     -- Espero, que si no hablaríamos no uno sino dos muertos.
     En la puerta de San Cosme reconocí, con cierto alivio, a mi madre y a mi abuela, vestidas de riguroso negro. Las flanqueaban unos tíos que tenían cara de pariente, también de vestidos negro. Me bajé y repartí sendos abrazos más unas palabras de aliento y golpecitos en la espalda, como había ensayado mentalmente. Mi abuela estaba muy silenciosa, y me dio un abrazo largo y fuerte.
     -- A Martita le hubiera gustado verte aquí de nuevo --me alcanzó a decir la abuela, antes de que Mamá se la llevara.
     La funeraria era pequeña y modesta, y estaba llena de gente from all walks of life. Las paredes eran celestes moteadas de blanco y eso no parecía mitigar el calor que hacía allí adentro. Me sentí de pronto en el San Juan de mi niñez, el de misa diaria y paletas de agua.
   "¡Jaimito!", gritaba mi tía la tercera desde un sofá. Yo no soy Jaime, pero así siempre me han dicho aquí. Siguieron variados que-bueno-que-vinistes y cosas por el estilo. Alguien me preguntó si ya había comido y me sugerió probar un sándwich. Otro me preguntó que si tenía trabajo, y me ofreció un puesto en su escuela. En una esquina, mi tío, el quinto, lloraba en silencio en la compañía de una caja de kleenex. Lo saludé y me mojó un poco el saco. Luego vino mi padre, quien me saludó severo y regañó por no llegar de traje.
      Mi hermana, mi favorita, se acercó con dos tazas de café. Me pidió que la acompañara a fumar. Le pregunté que qué tal San Juan, y me respondió con un largo toque a su cigarrillo. Mi otro hermano, el primero, andaba por ahí peleándose con la señorita del café. En eso, nos pidieron que pasemos a la Sala A para despedirnos de la Tía. Un señor ya se había apostado en el estacionamiento y vendía tacos de canasta a uno que otro doliente hambriento.
   Nos sentaron del lado izquierdo --lado de la cabeza de Tía--. Mi abuela y su hermano fueron conducidas a la banca de adelante. Mi tío, el quinto, sonó su nariz con tal estrépito que hizo que mi hermana derramara su enésimo café sobre su blusa. Por una puerta de la que no me había percatado, salió un anciano sacerdote que con tremenda dificultad lograba dar pasitos hacia adelante. Debía de ser, por lo menos, igual de viejo que la Tía Abuela, y daba un poco de pena verlo. Le seguía un monaguillo de características gacelescas que no pasaría de los 15 años, quien ayudó al padre a finalmente acomodarse en un podio.
    Los presentes nos sumimos entonces en un profundo y silencioso respeto, que no perdonaba nada que no fueran sollozos. Del otro lado de la fila, todos se limpiaban los ojos con pañuelos, cosa que nos hacía quedar muy mal a los de este lado. "Esos no sé quienes son", me susurró mi hermana.
     Eran las siete de la noche cuando el padrecito comenzó. Le veía gesticular, pero no entendía nada más que un ocasional Doña Yola. Volteé a ver a mi hermana quien me dijo entre dientes que no diga nada y que sí, la Tía Abuela Martita era conocida aquí como Doña Yola. Desde una cortina oscura detrás del padrecito, algo empezó a moverse, casi imperceptiblemente. De pronto, una enorme pedazo de tela negra empezó a revolotear por detrás del padre. Los niños fueron los primeros en verla, y se pegaron asustadísimos a un adulto. Volaba en círculos cada vez más grandes y erráticos, súbitamente cambiando de dirección y con unos quiebres que cualquier los calificaría de suicidas. Se dejó venir sobre los presentes, algunos de los cuales se quedaban impávidos como si no pasara nada. Los movimientos bruscos de unos otros retumbaban en toda la fila. Aún así, nadie tenía el valor de decir nada. Por poco cae sobre mi tía, la cuarta, quien la esquivó con un salto hacia un lado que terminó en el regazo de un anciano del que nadie se había percatado. Mi tío el quinto seguía llorando en su lugar y no la vio sino hasta que la tenía frente a su cara: con una mano se tapó los ojos y con la otra repartió generosos manotazos al aire.
     -- ¡Se te cae el pelo si te toca! --alguien alcanzó a decir.
     El padrecito explotó en un ave maría. Mis tías todas se pusieron de pie y le secundaron a toda voz, en un tono constante y triste pese a la palomilla que seguía causando estragos. Mi tía la segunda abrió los ojos y se aferró a su marido, que es asmático. La apartó con una crisis de tos, que a quien aturdió más fue precisamente a la palomilla.
    Fue entonces cuando mi Tía, la primera, salió de la sala y regresó con la escoba de la chica del café, y de un fenomenal escobazo certero le dio a la pobre en pleno vuelo, lo que la disparó contra el podio del padre, él ni en cuenta. Mi Tía, ahora enardecida, se dispuso a dar el escobazo de gracia a la desgraciada, cuando en eso se escucha vibrante la voz de la abuela:
     --¿Martita? ¡Martita! ¡No la mates!